Él paseaba por los pasillos del instituto, solo para hacer tiempo. Lo hacía como siempre: derrochando elegancia y clase a cada paso que daba. El rubio suspiró inaudiblemente y sonrió de lado, arrogante, como sólo él sabía hacerlo. Por fin se había despegado de esa insoportable Carolina, y se había asegurado de que esa hueca de Katrina estuviese entretenida “jugando” con Charlie, su mejor amigo, fue mas difícil de lo que creia sacarsela de encima.
El rubio se empezó a aburrir, y decidió empezar a buscar a cualquier chica con la cual pasar un rato de entretenimiento. Pero, repentinamente, se detuvo en medio del pasillo de piedra. Podía percibir ese aroma a miles de kilometros de distancia, ese suave y fresco aroma a frambuesa que lo embriagaba cada vez que estaba cerca.
Una castaña de pelo ondulado (el que fácilmente se podía confundir con un arbusto mal cuidado) salía de la biblioteca con una pila de libros sobre sus brazos. Ella sabía a la perfección de quién eran aquellos ojos grises que la atravesaban la nuca con la mirada, y, por una vez en su vida, le hizo frente.
Se giró automáticamente y miró a aquel rubio de expresion orgullosa con una mirada desafiante, incrustandole escalofrios a traves de esos diamantes verdes esmeralda, sus ojos. El rubio le devolvió una mirada arrogante, soberbia, y ella le lanzó una mirada de profundo asco. Ambos se giraron indignados, y se fueron cada uno por una punta del pasillo.
Fue entonces cuando El sonrió. Sonrió como hacía poco había aprendido a hacerlo. Era una sonrisa limpia, auténtica, sin rastro de arrogancia o cualquier otro tipo de pensamiento maligno. Una sonrisa…exactamente igual que la que tenía Ella en aquel mismo instante.
Sí, señores: El y Ella se habían enamorado…mutuamente.
lunes, 26 de enero de 2009
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